La partidocracia suda, pero no por el verano

Mirabeau y Dreux-Brézé, 23 junio de 1789 (Eugène Delacroix) La partidocracia suda, pero no por el verano Seguro que a ustedes les ha pasado lo mismo que a mi en muchas ocasiones. Advertir de repente que llevan un gran rato mirando a un punto sin verlo, con el pensamiento perdido en otros mundos que están en este, como dijo Huxley, y sin conciencia alguna del paso del tiempo. En esas estaba yo en la terraza del bar ‘Don Juan’ intentando, con los ojos clavados en los zapatos, recordar lo que era la fisiocracia y las historias de Mirabeau. Les aseguro que en el café con leche no había echado ningún psicotrópico, lo que me hace concebir que mi lastimera situación derivaba de la falta de puntualidad de Luís Mejía. Y digo lastimera o lastimosa asimismo porque el tal Mirabeau no es uno sino muchos, de tal modo que es muy fácil confundirse y mirar para un lado en vez de mirar para otro, aunque, eso sí, está asegurado que el paisaje será bello. Es obvio que si uno mira ‘beau’, mira joli, mira bonito. Luego no mira sale, désagréable.   De repente, cuando la señorita me coloca en la mesa lo que aquí se denomina ‘pulguita de jamón’, despierto de mi despierta ensoñación y recuerdo en primera instancia que lo de la fisiocracia tenía que ver con el campo y la naturaleza sin que Virgilio, las flautas y los poemas pastoriles metieran baza por ningún lado. Es entonces cuando escucho calle abajo el tam tam de unos zapatos de tacón, de esos que sólo con fina aguja van diciendo “aquí estoy yo y salga el sol por Antequera”. Todos, hombres y mujeres, giramos la cabeza a la izquierda y al menos yo me apercibí de que entre la crisis económica y el verano la tela escasea que es una barbaridad. Tengo que decirles que a nadie se le ocurrió soltar un piropo, ante el peligro de acabar en prisión. En España el que piropea va al talego y el que roba el dinero público viaja a las listas electorales para salir elegido de nuevo concejal, diputado o senador. Como, pese a ser catalán, no suelo dedicarme al textil desde hora tan temprana, miré a la mesa o la mesa me miró a mi, que no lo sé a ciencia cierta, y fue entonces, como un flash emanado del aluminio, cuando recordé que la fisiocracia era un sistema económico que atribuía a una ley natural la bondad de la economía mientras el Gobierno no metiera las narices en el asunto. Y Mirabeau estaba en el ajo. Pero ¿qué Mirabeau? ¿el Marqués, el Conde, el Vizconde, el de la Orden de Malta, la Condesa …? Algo me decía que el economista fisiócrata era el Marqués de Mirabeau, quién escribió un libro titulado ‘El amigo de los hombres’, donde no se refería al perro, ni al gato persa ni a la viruela que le marcó el rostro, sino a la relación entre demografía y riqueza. Eran estos Mirabeau, al parecer, muy amigos de hacer amigos, así que su hijo, el Conde, formó parte de la sociedad ‘Amigos de los negros’, al postularse defensor de los oscuros oprimidos. Está más que visto que hay que tener amigos hasta en el infierno. Y de todos los colores.   Con 28º centígrados dándome en la espalda comencé a cuestionarme mi cordura. ¿Un repúblico con Panamá a las 10.00 de la mañana en la terraza de un pequeño bar danzando con el cerebro en torno a la Revolución francesa? Pues sí, aunque, obviamente, la culpa es de D. Antonio García Trevijano y su libro ‘Teoría Pura de la República’. No había más remedio que mandar a toda la familia Mirabeau a un lugar que, por desconocido, no citaré y dedicarse a otra cosa, antes que acabar haciendo poesías en el Psiquiátrico con Leopoldo García Panero. Si ya D. Antonio se había pasado seis meses escribiendo su libro, por qué me metía yo en camisa de once varas. Y recordé a un orondo y vividor libanés que conocí en Marbella que siempre me decía: “Mon ami George, le secret est faire travailler les aûtres”. No podía compartir lógicamente esa aseveración esclavista, pero lo decía de tal manera, con sus tres kilos de oro en el cuerpo, que no había más remedio que reírse.   Luís Mejía no llegaba y, aunque llevaba camisa, los 28º, que ya eran 30º más el agujero de la capa de ozono y unas gotitas de hipocondría me llevaron a huir del melanoma de cogote a toda prisa. Entré en el bar. En la barra se discutía de dinero y de política porque ya ni se habla de mujeres.   – ¿Hola Jorge, has visto que el Rey no ha ido a la boda de Alberto de Mónaco porque no apoyó a Madrid para las Olimpiadas? Tenemos un Rey que da la cara.   – Será para fuera, porque aquí con el panorama que tenemos no está ni se le espera. Es el Jefe del Estado. Tendría como mínimo que haberse dirigido a los ciudadanos para mostrarles su apoyo y no lo ha hecho. Y líbrenos Dios del hijo. No, del hijo de Dios no, sino de Felipe. Olvídate José, la realeza también forma parte de la banda, aunque en cualquier momento le darán la puñalada a lo bruto y a lo Bruto.   – Es verdad, a ver si echan ya a esta monarquía de carotas p’al carajo que no hacen nada y se están mamando una pasta …   En poco menos de dos minutos, el dueño del bar había pasado de defender a Juan Carlos a proclamar que era preciso establecer de inmediato una República en España. En los bares pasan estas cosas que, si bien se mueven en el mundo de lo superficial, comienzan a poner de manifiesto que el personal está hasta las narices de la corrupta partitocracia, que ya suda y no precisamente por el verano. Porque la cosa no acabó en el Rey sino que se extendió a la casta política, a la que todo el mundo allí puso a caer de un burro – desconozco si un pollino puede caer de otro – con epítetos superlativos que no reproduciré aquí porque luego me ponen en las listas del KKO.   Salí del local y me acerqué a una librería para olisquear si mi última novela estaba a la venta, con la intención de volver a casa no muy tarde para almorzar. Como ni era Poldy ni tampoco Jack Kerouac, no estaba obligado por la historia a dar vueltas y vueltas por la ciudad. En múltiples ocasiones es una ventaja ser uno mismo. Y mientras daba un paso tras otro recordé una observación que me había gustado mucho del último artículo de José María de la Red: “…lo cierto es que la percepción demuestra que la atención comienza a desplazarse desde las consecuencias (económicas) hacia las causas (políticas). En un año, el porcentaje de opinión desfavorable de los españoles acerca de la clase política y los partidos ha pasado del 15,8 por ciento en mayo de 2010 al 24,7 en junio de 2011”. Los ciudadanos españoles, que lo serán muy pronto, cuando tengan libertad política, ya que ahora sólo son súbditos engañados, comienzan a darse cuenta de que esas vainas que nos endosan Zapatero, Rajoy y sus secuaces, achacando a un determinismo apocalíptico la terrible situación que vive nuestro país, son las trolas más grandes que se han contado jamás. En cualquier empresa, unos directivos así estarían en la calle desde hace bastante tiempo. Por inútiles y sinvergüenzas. Aquí están blindados per secula seculorum.   España está plenamente cubierta de pústulas y forúnculos y los que luchamos por las libertades políticas desde la teoría y la acción tenemos el bisturí y el betadine. Nos toca llevar a cabo un trabajo diario. Un trabajo tan fácil, tan fácil, que, de momento, es únicamente lenguaje. Consiste sólo en decir la verdad. Simplemente la verdad. La inflamación purulenta acontece cuando existe una infección que la genera. Aunque estas cosas dan un poco de asco, eliminemos la causa y desaparecerá el absceso. Y ya saben que nuestro problema se denomina partitocracia o dictadura de partidos, luego, abstención activa ante la carnada de las engañosas urnas de la oligarquía … Casi me como la puerta del garaje. Subí a casa y sobre una mesita había un periódico que señalaba en titulares: “La crisis duplica el número de pobres de Cáritas. La organización recuerda que en España hay 10 millones de personas bajo el umbral de la pobreza”. No tenía ganas de comer y abrí un libro sin saber cómo acabaría la cosa esta vez.

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