De revolución a revolución

Martín Miguel Rubio

MARTÍN MIGUEL RUBIO.

La Revolución Americana, inseparable pero distinta de la Guerra de Independencia de los EEUU, como inseparables pero distintas son la Declaración de Independencia y su Constitución, vio en un principio con simpatía la Revolución Francesa, creyéndola hermana, para finalmente repudiarla como una forma sangrienta de totalitarismo popular sin ninguna separación de poderes. Una joven nación libre que celebraba el Día de San Luis por ser la onomástica del Rey francés que la había apoyado decisivamente en su camino hacia la libertad, sólo podía ver con horror la decapitación, injusta a toda luz legal, de Luis XVI, a quien un pueblo rabioso lo había defenestrado hasta llegar al nombre de Luis Capeto.

George Washington y John Adams estaban profundamente asqueados por los derroteros que había tomado la Revolución en Francia, y llegaron a sentir desprecio por la antigua simpatía que ellos mismos habían tenido por aquella Revolución en sus inicios. El Vicepresidente John Adams llegó a advertir en un discurso que “Danton, Robespierre, Marat, etc., son las Furias. Y los dientes del Dragón se han sembrado en Francia y se levantarán en toda Europa como monstruos”. Quizás sin saberlo John Adams estaba presagiando los siglos XIX y XX de Europa, y todos los hijos bastardos que nacían de la Revolución Francesa. Estaba prediciendo la mala suerte de Europa. Tanto el Presidente como el Vicepresidente se negaban a justificar de ningún modo las matanzas de París y menos a separar los medios de los fines. La Revolución Americana había triunfado porque era “un acto libre, normal y deliberado de la nación”, y había sido conducida con “un espíritu de justicia y humanidad”. De hecho, era “una revolución escrita en pergamino y definida por documentos, reclamaciones y otra formas legales”. La Democracia Americana vio el caos sangriento en Francia como un  presagio aterrador de lo que podría ocurrir en América si las salvaguardas del orden eran arrancadas por el frenesí demagógico.

La Guerra en Europa, entre Francia y las monarquías, era un problema que no concernía ya a los EEUU, que proclamó su absoluta neutralidad. Ni estaba a favor de los reyes ni de los nuevos “tiranos de la libertad”. Europa era un continente que no tenía remedio. Más aún, el gobernador Morris, ahora ministro de EEUU en Francia, informaba aterrado a su gobierno que tras la inicua ejecución de “nuestro amigo el Rey Luis XVI”, la mayor parte de los soldados y oficiales que lucharon por nuestra Revolución en América se han opuesto a esta Revolución y se sienten obligados a salvar la vida huyendo de Francia, a pesar de ser confiscadas todas sus propiedades”. Con la caída de la monarquía, el Marqués de Lafayette fue denunciado como traidor y tuvo que huir a Bélgica, prefiriendo ser capturado por los austriacos. Su familia sufrió gravemente durante el Terror. Su preciosa cuñada, su madre, su abuela fueron ejecutadas sin ninguna piedad y sus cuerpos descabezados arrojados a una fosa común. Otros héroes de la Revolución Americana sucumbieron en aquella locura tétricamente revolucionaria: El conde de Rochambeau fue encerrado en la siniestra cárcel de la Conciergerie, de donde todos salían para morir, mientras que el almirante D´Estaing fue guillotinado.

Lo oposición a la Revolución Francesa del pueblo americano aumentó también a consecuencia del comportamiento bombástico, petulante y criminal del embajador de la Francia Revolucionaria, Edmond Charles Genêt, más conocido como “Ciudadano Genêt” en el estilo fraternal popularizado por la Revolución Francesa. Este badulaque moral, definido por Morris como “un trepa”, había sido recibido en Carolina del Sur, en donde había desembarcado, como un “Mesías de la libertad” por los republicanos de Jefferson y Madison, que “le besaron todas las partes de su cuerpo”, según un gran escritor federalista. Genêt estaba furioso por la Proclamación de Neutralidad aprobada por el Gobierno americano, a instancias del propio Washington, y se atrevió a pronunciar discursos despiadados y groseros en la propia América contra los miembros del gobierno americano ( Washington, Adams, Hamilton, Knox y Randolph: segundo mandato de Washington ), de quienes afirmaba con absoluta desfachatez cosas horrendas. Pero Washington, que tenía un sentimiento casi religioso en relación con la libertad de expresión, tragó todos los sapos y culebras que el pueblo americano no hubiera consentido. Sin embargo, las bellaquerías lanzadas contra el Presidente lo separaron de toda simpatía popular y de la amistad del propio Jefferson y Madison, que no querían verse identificados con aquel ordinario conspirador. Pero Washington sólo aceptó expulsar al estúpido engreído diplomático francés ( buen ejemplo de que no siempre los hombres geniales – leía el griego desde los seis años – tienen un comportamiento adecuado, sensato y educado ) cuando se probó de forma fehaciente que contra las cláusulas de la Proclamación de Neutralidad estaba comprando barcos mercantes en la propia USA convirtiéndoles en barcos de guerra, y reclutando a marinos americanos para la guerra en Europa, que la propia Francia había suscitado. Más aún, el gobernador de Kentucky denunció una trama del extravagante embajador y de otro francés llamado André Michaux para armar a gentes de Kentucky e invadir los establecimientos españoles en Luisiana.

 

  • Señor embajador – dijo el imponente Washington en su última entrevista y despedida -, EEUU no tiene ninguna deuda contraída con el actual gobierno francés para tener que apoyarle en una guerra que no es defensiva, sino que la propia Francia ha declarado a las otras potencias europeas. Al contrario, el actual gobierno de Francia es responsable del asesinato del mejor amigo de la Revolución Americana, el gran Rey Luis XVI, que sí había entendido nuestro sentido de la libertad frente al poder. Si existía alguna bondad que corresponder por parte nuestra, fue la bondad de Luis XVI. Su corazón será siempre el único depositario del agradecimiento del pueblo americano. Y vuestras repetidas transgresiones de la ley en esta tierra que os acogió con los brazos abiertos, así como vuestras inauditas conspiraciones contra el Gobierno y la paz doméstica, que podrían por ellas mismas constituir casus belli, me obligan a solicitar de vuestro Gobierno que os llame a París de forma inmediata, retirándoos en este mismo acto vuestras credenciales de embajador de la República Francesa.

El comportamiento alocado y malévolo de Genêt en los EEUU – el pueblo americano jamás ha perdonado sus brutales insultos a Washington, más tabernarios que académicos – fue una de las más grandes razones para que el pueblo americano entendiese que la Europa revolucionaria no iba a participar de su sentido de la libertad. El sentido pacífico de la libertad en América ha aportado una felicidad al pueblo que todas las revoluciones juntas de Europa no han podido conseguir. Al contrario, los campeones de la libertad en Europa han solido ser sanguinarios y demovoros, y sus revoluciones han traído mucha más infelicidad que dicha.

Cuando Genêt decía que el terror garantizaba los derechos del pueblo, el Gobierno americano respondía con una sentencia de las Epístolas de San Juan: “Quien tiene miedo no ha llegado a la plenitud del amor”. Sin duda, aquella América era buena y honrada. Desgraciadamente para Genêt, éste estuvo a punto de sufrir la misma medicina que recetaba a otros, y el Terror jacobino, que había comenzado a cortar sistemáticamente las cabezas de los girondinos empezó a fijarse en la suya. Y gracias a Alexander Hamilton, precisamente el mayor enemigo político de Genêt en América, la embajada americana en París pudo rescatarle de las garras de la maquinaria del Terror, y reenviarle a América, en donde moriría bendiciendo la tierra de los EEUU.

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